miércoles, 30 de septiembre de 2015

domingo, 20 de septiembre de 2015

Claves para la resolución de problemas #coaching

¿Qué ocurre cuando las personas analizan continuamente los problemas que se les presentan, sin llegar a dar con la solución?


Opinar sobre los obstáculos que frenan el camino a lo deseado, o quedarse en darle vuelta, una y otra vez, a lo mismos, sin buscar soluciones y pasar a la acción, supone el quedarse estancados, perdiendo así tiempo en teorizar, a la vez que esperan que la solución aparezca por si sola. 
Ante los tropiezos que se nos dan podemos elegir que actitud tomar: quedarnos observando sin hacer algo, reaccionar sin control como simple respuesta a la situación, o tomar una actitud activa, mirando hacia donde queremos llegar y creando el impulso necesario, con el aprendizaje adecuado para seguir el camino conveniente.
La actitud del observador, sin acción, y la del reaccionario, es la de quedarse viviendo el problema, recreándose en el mismo sin encontrar solución alguna, es estar en el papel del teórico de los problemas, permaneciendo entretenido, en vez de ponerse camino a la solución.
Cuando se toma la actitud de la acción ante un problema, es necesario:
- Dedicar un tiempo para reflexionar sobre lo que está pasando, aprendiendo de las circunstancias y pidiendo ayuda si es necesario.
- Al encontrar un obstáculo en el camino, hay que mirar alrededor para encontrar una alternativa adecuada y superarlo para poder continuar, sin lamentarse del inconveniente, ni del cambio a realizar y mucho menos justificar el hecho de quedarse parados.
- Tomar decisiones, asumir riesgos y moverse en la incertidumbre. Esto permite crecer, aprender, lograr metas y obtener éxito, dejando las inseguridades, miedos y saboteadores a un lado.
- Situarse en un nivel diferente al que se creó con el problema.
Por último, es importante recordar que una situación es considerada como problema únicamente si la persona que intenta resolverlo no sabe como hacerlo, condición que se puede superar adquiriendo aprendizaje o con diferentes visiones de las circunstancias, algo que se facilita con sesiones de coaching.

martes, 8 de septiembre de 2015

¿Cómo te relacionas con el miedo?

Reproduzco este post, escrito de una forma muy clara, que puede ayudarnos a reconocer como nos relacionamos en nuestra vida con una emoción básica: El Miedo. ¿Te atreves?
Desde el momento que somos lanzados y lanzadas a la aventura de la vida, camina junto a nuestro lado un compañero inseparable que, de tan acostumbrados que estamos a su presencia, hasta olvidamos que está ahí. Nacemos, crecemos, evolucionamos, nos relacionamos y morimos junto a ese acompañante fiel; el miedo.
Y, claroMiedo compañero, como todo compañía, es de suma importancia cómo nos relacionamos con ella. Qué relación establecemos con esa emoción: ¿Nos dejamos aconsejar por ella? ¿La evitamos? ¿La ignoramos? ¿La llevamos como una pesada carga? ¿La ocultamos a los demás? ¿Nos avergonzamos de ella? ¿La negamos? ¿Nos paraliza? ¿Nos limita?
El miedo es una de las cuatro emociones básicas junto con la alegría, tristeza y la rabia.. Su función principal es la de avisarnos de situación que conlleva un riesgo para nuestra integridad. Que tengamos en cuenta que podemos sufrir daños. Esa es su función biológica; la de mostrarnos el peligro y darnos la posibilidad de escapar, atacar o defendernos. Por tanto el miedo tiene una función adaptativa, de protección del individuo y de la especie. Valoramos el peligro y reaccionamos en función de lo que es mejor para nuestra supervivencia.
Si la cosa sólo fuera ésta, aquí acabaría el post y a otra cosa, ya hemos definido el miedo, es algo muy útil para nosotros y hasta la próxima entrada del blog. La realidad es otra. Todas nuestras relaciones, todos nuestros actos van irremediablemente unidos a una emoción (o a varias a la vez), por lo que el miedo aparece en la mayoría de situaciones de interacción con “el otro” o en muchísimas situaciones en las que proyectamos o pensamos lo que vamos/tenemos que hacer o en las decisiones que vamos/tenemos que tomar. El miedo (o su ausencia) tiñen de alguna manera casi todas las acciones de nuestro hacer diario.I Vant Your Blud!
El miedo, como hemos visto antes, tiene una parte biológica y, también tiene una parte aprendida o modulada. Es en la infancia cuando sintiendo miedo en alguna situación y ante la respuesta de los padres (o figuras paternas) que aprendemos a manejar esta emoción de una determinada manera. Un niño o una niña que se siente protegido/a y seguro/a no identificará y gestionará el miedo de la misma manera que uno que uno/a que son sus propios padres la fuente de de ese miedo (agresiones, disputas en la ruptura de pareja, utilización del/la pequeño/a como una pieza de cambio en las peleas de los padres…). No se aprenderá a gestionar la emoción de la misma manera cuando es tratada con normalidad y comprensión a cuando se le dice al pequeño/a “no tienes que sentir miedo” o “no es de hombres”. Esto son sólo dos de los cientos de ejemplos de cómo el miedo es tratado dentro del núcleo familiar; cada familia es un mundo, cada niñø aprende lo que está bien o mal, lo que puede o no puede hacer dentro de su familia, dentro de su aprendizaje.
Todo lo anterior Asustados(la biología y el aprendizaje de la gestión de la emoción) hace que cuando llegamos a adultos, el “cómo” gestionemos el miedo no se diferencie mucho de cómo lo aprendimos a gestionar de niños. La mayoría, con el paso de los años, utilizamos las mismas estrategias que aprendimos de pequeñøs y las continuamos aplicando al mundo “de los adultos”. En muchísimos casos (siendo generosos) somos niñøs asustadøs atrapadøs en cuerpos de adultos, intentando que no se nos note.
Y vamos por el mundo escondiéndonos de la confrontación para evitar que nos hagan daño, o no dejando de hacer cosas temiendo el resultado, o no dejando un momento de silencio, o encabalgando parejas para no sentir la soledad, o asustando y amedrentando a los/las demás para demostrarnos que no tenemos miedo.
No es necesario que aparezca un tigre que nos devore para sentir miedo. Muchísimas situaciones lo generan; una cucaracha andando por el suelo generará desagrado, asco y… miedo (en una pequeña proporción). Una confrontación con un superior para pedirle un aumento de sueldo o una reducción horaria generará un miedo al conSostener nuestro miedoflicto, o a la posibilidad de perder el trabajo. El miedo tiend toda una graduación: desde las sensaciones de desagrado o pereza, hasta el terror o el pánico más extremo. Entre uno y otro hay una línea de casi infinitos matices. El problema es que como socialmente está mal visto tener miedo y, sólo identificamos como miedo situaciones extremas. La realidad es que está mucho más presente de lo que nos gustaría.
Tenemos miedo a fallar, a hacerlo mal, a no actuar de manera correcta, a no ser suficientemente buenos/as, a que nos hieran emocionalmente, a que nos dejen, nos critiquen, a no saber lo suficiente, a que nos comparen y perdamos en la comparación, a que no nos vean, miedo al silencio, a hacer daño, a que no se nos entienda, a que nos abandonen, a perder, a no ser suficientemente algo (masculinøs, femeninøs, listøs, durøs, divertidøs, inteligentes, sabiøs, …), miedo a perder el control, a ser malas personas, a que nos rechacen, miedo a la soledad, a la muerte y, seguramente, a decenas de cosas más que en este momento no se me ocurren.
Si la gestión de ese miedo no nos supone ninguna dificultad en nuestro día a día, no hay ningún problema. El problema surge cuando ese miedo nos coloca en una situación de dificultad, cuando no deja que seamos nosotros/as mismos/as y nos a atenaza, nos paraliza y bloquea.